6/7/15

William Gibson: Una invitación (Introducción a "Labyrinths" de J. L. Borges)






Leí por primera vez Labyrinths de Jorge Luis Borges en una butaca tapizada de un brocado suave, verde lechuga, estampada con hojas que no eran ellas mismas distintas a la lechuga, aunque también fueran como nubes, o tal vez conejos. La recuerdo como un ambiente en y de sí mismo, habiéndola conocido desde mi primera infancia. Era el único lugar más o menos seguro en una habitación que recuerdo como ominosamente formal y adulta, una habitación dominada por grandes muebles oscuros que pertenecían a la familia de mi madre. Uno de ésos era un escritorio demasiado alto, con una estantería encima que tenía dos puertas largas y sólidas y la débil reputación de haber pertenecido al héroe revolucionario Francis Marion. Sus cajones inferiores olían espantosa y químicamente a tiempo, y dentro de ellos había, plegados, unos rollos de papel con los muertos del condado en la Gran Guerra.

Ahora sé que yo creía, sin querer admitirlo demasiado, que ese escritorio estaba embrujado.

Descubrí a Borges en una de las más liberales antologías de ciencia ficción, que había incluido su cuento “Las ruinas circulares”. Eso me intrigó lo suficiente y busqué Labyrinths, que, imagino, debió haber sido bastante difícil de encontrar, aunque ya no recuerdo esas dificultades. Recuerdo, sin embargo, la sensación, a la vez compleja y, de forma misteriosa, simple, producida por mi primera lectura de “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, sentado en aquella butaca verde.

Si el concepto de software hubiera estado a mi alcance, imagino que me habría sentido como si estuviera instalando algo que aumentara de manera exponencial lo que un día se llamaría ancho de banda, aunque ancho de banda de qué me era imposible saberlo. Esta sublime y cósmicamente cómica fábula sobre información pura (id est, lo ficticio puro) que gradual e implacable se infiltra en lo cotidiano hasta consumirlo, abrió algo que nunca ha sido cerrado dentro de mí.

O sin mí, tal vez, como entendí hambriento y deleitado, mientras los borgianos corredores de espejos se abrían a mi alrededor en todas direcciones. Décadas más tarde, ahora, entiendo la palabra meme, hasta donde puedo entenderla, en términos del mensaje viral de Tlön, su vector inicial, unas pocas páginas misteriosamente sobrantes en un volumen por demás ordinario en apariencia de una enciclopedia para nada estelar.

Las obras que recordamos toda la vida haber leído por primera vez son verdaderos hitos, pero Labyrinths fue uno profundamente singular, para mí, y creo que lo sabía entonces, en mi primera adolescencia. Me fue demostrado esa tarde. Probado. Porque, al tiempo en que había terminado con “Tlön” (aunque uno nunca termina con “Tlön”, ni, de hecho, con ningún cuento de Borges) y había atravesado “El jardín de senderos que se bifurcan” y me había maravillado, con los ojos saltados, con “Pierre Menard, autor del Quijote”, descubrí que había dejado de temer cualquier influencia que pudiera habitar en el imponente escritorio de Francis Marion.

Borges, esta voz elegante y misteriosa, a quien desde el primer instante había aceptado como el más bienvenido de los tíos; este habitante de un lugar mítico llamado Buenos Aires, había de algún modo disuelto en gran parte mi superstición infantil. Había estirado paradigmas básicos tan sin esfuerzo, parecía, como otro caballero podría inclinar su sombrero y guiñar, y yo había sentido una cierta crudeza, una cierta necedad caer.

Me senté, cambiado, en la silla verde, y contemplé un mundo distinto, uno cuyos apuntalamientos me habían sido revelados de una vez infinitamente más misteriosos e interesantes de lo que había podido imaginar.

Cuando dejé esa habitación, me llevé a Borges conmigo, y mi vida ha sido mejor por eso, mucho mejor.

Si aún no has conocido al caballero, sólo puedo urgirte a que lo hagas. Con humildad, no puedo tener otra función, aquí al frente de esta ahora venerable colección de ficciones incomparables, que actuar, breve por piedad, como una suerte de mayordomo. No soy un erudito en Borges, ni, en verdad, ningún tipo de erudito, pero estoy honrado (aunque también avergonzado, sintiéndome indigno) de invitarte.

Por favor.

Muchas tardes, décadas, después de mi propia introducción a Borges, me encontré en Barcelona, a fines de un diciembre, en un festival que celebraba su vida y su obra. Los eventos del festival tenían como escenario una enorme fortaleza o castillo reutilizado, una estructura que imaginé había descansado polvorienta y silenciosa durante los años que parecieron siglos de mando terrible de Francisco Franco, pero que ahora, gracias al confiado y enérgico resurgimiento de la cultura catalana y a las enormes sumas de capital de la Unión Europea, zumbaba y brillaba como el tubo de una aspiradora dentro de un relicario del siglo XIII.

Una tarde, solo, me fui a la busca de una rumoreada muestra de manuscritos y otra miscelánea borgiana, en un hall de un piso superior. Encontrando esto, descubrí que esos objetos eran mostrados tras un vidrio, pero un vidrio tratado de tal forma que se acercara al efecto del comienzo de su glaucoma. Estas reliquias eran visibles sólo estrechamente, y en una forma que imponía una danza dolorosa y molesta en la cabeza si se debían estudiar de cerca. Recuerdo la peculiar, infantil pendiente, de izquierda a derecha, de su letra en una página manuscrita, y la delicadeza de una miniatura laqueada en rojo de una jaula de pájaros china, regalo de un poeta amigo.

Salí caminando, entonces, después de haber sido invitado para encontrarme más tarde en un bar en La Rambla con Alberto Manguel, la única persona a mi alcance que había conocido a Borges. Manguel, cuando lo había visto por primera vez, una década antes, me dijo que él mismo había hablado con un hombre que había conocido a Franz Kafka. ¿Y qué tenía para decir esa persona de Kafka?, pregunté. Que Kafka, me había contado Manguel, sabía todo lo que se podía saber sobre el café. Pero no pude recordar entonces si Manguel tenía alguna información de ese tipo para compartir sobre Borges, y me propuse preguntarle cuando nos viéramos.

Caminando a través de la Plaça Catalunya descubrí un reciente monumento a una figura catalana, mártir de la guerra civil. Este monumento era grave y terrible, chocante. Un vuelo monolítico de escaleras de granito inclinadas de manera poco natural, imposible, hacia delante sobre sí mismas, sobre la horizontal. Una negación de lo que las escaleras y el vuelo y una vida son aspiración. Me paré cerca, temblando, para intentar descifrar la inscripción. Sin poder hacerlo, caminé hacia La Rambla. Allí me encontré con Manguel y sus amigos. Y en el curso de una discusión sobre su nueva posición en el país, en Francia, olvidé hablarle de Borges.

Unos días después, en mi casa en Vancouver, me senté a la computadora y vi la transmisión en vivo de una cámara de video puesta en algún sitio alto de un edificio, con vista a la Plaça Catalunya. Y en mi pantalla estaba ese terrible monumento, las escaleras de granito, rotadas de manera imposible, mudo símbolo de negación.

Y parado a su lado había un hombre vestido con un abrigo marrón, no muy distinto al que yo había usado cuando intentaba descifrar la inscripción.

Me estimulaban, en ese momento, tecnologías que Borges, nuestro tío heresiarca, con sus doctrinas del tiempo circular, sus tigres invisibles, sus paradojas, sus cuchilleros y espejos y ocasos, no había necesitado. Y en ese momento, como sabrás pronto si sos lo suficientemente venturoso como para ignorar la extrañeza de nuestro encuentro aquí y entrar a lo que te espera, supe, una vez más, que estaba en el laberinto.





Traducción Francisco Alvez Francese [FB]

Jorge Luis Borges: Labyrinths Selected Stories Other Writings 
Donald A. Yates (Editor), James E. Irby (Editor), 
William Gibson (Introduction), André Maurois (Contributor)
New Directions, 2007






Fotos

Arriba: 
William Gibson por Frederic Poirot
taken during the Spook Country promotional tour in San Francisco, California, 2007 


Al pie:
Monumento a Francesc Macià, Barcelona, España 
Foto original color de Caio Graco Machado



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