24/6/16

Francisco Álvez Francese: Apuntes sobre Borges






Borges en su red De los autores americanos del siglo XX, probablemente sea Borges el más citado, el más nombrado y, ojalá, el más leído. Su nombre se asocia con complejidad, con erudición, con laberintos, tigres y duelos a cuchillo; también con una ceguera mítica, con la timidez en la palabra, con cierto pensamiento pretendidamente conservador. Algunos, los más despistados, lo asociarán con unos pobrísimos poemas que se le atribuyen falsamente y que, en algún momento, llegaron a entregarse por una moneda en fotocopias en los ómnibus de Montevideo. Otros, con algunas frases o personajes que se le unen de modos extraños. Así, uno puede oír sentencias como: “odiaba el sexo, porque una vez dijo ‘los espejos y la cópula son abominables porque multiplican el número de los hombres’”, que no tienen en cuenta que quien dijo eso no fue exactamente Borges, sino un personaje llamado Bioy que citaba (mejorando) la enciclopedia de un mundo inventado; otros citarán, por ejemplo, a Pierre Menard sin pensar que es, no la síntesis de la poética borgesiana, sino la parodia de cierta literatura y, más concretamente, como ha dicho Juan José Saer, una caricatura de Paul Valery.

Si, de cierto modo, en algunos textos preconizó la invención de Internet, también preconizó su caos acumulativo, su despersonalización, su dispersión inmensa en el vacío. Basta pensar en “La biblioteca de Babel” o “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, que William Gibson llamó “una fábula sobre la ficción pura” y que los creadores de Wikipedia citan como antecedente. Así, una serie de malentendidos lo rodean. Algunos inocentes, otros definitivamente malvados, que hacen que, para llegar a Borges —a un Borges más o menos incontaminado— haya que desarmar densas capas de interpretación (maliciosa o brillante), de prejuicios (fundados o espurios), de años y años de lectura y de exposición mediática de un hombre que, como en la escena más recordada de The Lady of Shanghai, huye en sus reflejos. Basta leer atentamente sus cuentos, por empezar por algún sitio, para asombrarse por la cantidad de referencias sexuales que hay en ellos (se puede pensar, por ejemplo, en “La noche de los dones”, “La intrusa” o en “El Aleph”, en cuyo centro hay también un incesto) y, para los que aún nieguen un Borges interesado por la política y sostengan la imagen del evadido y del torremarfilista, alcanzará la lectura del “Poema Conjetural”, de “El simulacro” o, cómo no, de “La fiesta del Monstruo”, cuento escrito junto a su amigo Adolfo Bioy Casares en clave paródica, al estilo de "El matadero" de Esteban Echeverría o “La refalosa” de Hilario Ascasubi.

Es claro, por otro lado, que con estos equívocos tiene que luchar toda obra que pretenda su permanencia en el tiempo, de todo autor que apunte, como lo hizo Borges, a superar la inmediatez que a veces es también banalidad.
(Per)versiones de un clásico

“Hombre de la esquina rosada”, uno de sus cuentos más famosos, perdura como un centro esquivo en el canon borgesiano, en tanto conjuga una variedad de problemáticas que serán centrales para cierta lectura amplia de su obra en conjunto. En la superficie tenemos un cuento realista que narra el duelo a cuchillo en la orilla bonaerense, a fines del siglo XIX, entre un hombre del Norte y otro del Sur de la provincia. Sólo que el duelo no existe, sólo que los personajes son idealizados y estereotípicos, sólo que toda la acción pasa como un sueño dirigido. Es a la vez su primer cuento y su fantasma más persistente y volver a él es volver a la génesis del Borges cuentista, del Borges obsesionado con lo que denominó “la secta del cuchillo y del coraje”. Pensar en “Hombre de la esquina rosada” es pensar en “Leyenda policial”, la primera versión del cuento, es pensar en las dos traducciones diversas que hizo Norman Thomas di Giovanni junto al autor, es pensar una manera de entender la traducción como mejoramiento del original, de ver la literatura como diálogo de textos, como reescrituras, como palimpsesto.
Para dar cierta claridad vale detenerse en un pequeño poema en prosa, o ensayo poético, que está en El oro de los tigres y que se llama “Los cuatro ciclos”. En ese texto Borges piensa las historias desde un punto de vista original, es decir, no solo en el sentido de inédito, sino porque refiere al origen, y establece cuatro líneas, cuatro Ur­historias: la del sacrificio de un dios (piénsese en Jesús), la de una busca (piénsese en el capitán Ahab), la del regreso (piénsese en Ulises) y la otra, que dejo para el final por motivos de suspenso pero que él ubica al principio por ser la más antigua, “la de una fuerte ciudad que cercan y defienden hombres valientes”. Si pensamos de un modo esquemático en “Hombre de la esquina rosada” podemos ver los elementos que lo subyacen, como a Invasión, la maravillosa película de Hugo Santiago (con guión de Borges y Bioy Casares).
Todo está en ese cuento: la ciudad fuerte (en este caso el baile de Julia), los hombres valientes (el Corralero, el Inglés). Y está también el cobarde, el que es menos que un hombre, el que se pierde porque no se resigna a su destino, el que supera el maleficio del nombre y deja por eso de existir.

El querer ser otro

Borges se desvive, en toda su obra, por expresar el deseo terrible de dilución del hombre en la masa, casi como una pulsión a mitad de camino entre lo divino y lo demoníaco. Esta fuerza conduce a los personajes como un mandamiento, y su rebeldía los expulsa del clan, de la manada social, o los mata. De un lado está Rosendo Juárez, del otro Juan Dahlmann.
En su poesía, también, ese querer ser otro toma un claro matiz teatral importado directamente de los monólogos dramáticos de Robert Browning. Así, Borges encarna la figura de sus artistas y filósofos admirados o temidos (Gracián, Whitman, Spinoza, Jonathan Edwards, Góngora) y así es cuando más sincera, más autorreferencial, más íntima se vuelve su poesía: en un gesto supremo de la timidez y de la discreción, Borges sólo es Borges cuando se llama Averroes o Virgilio.

Su obra poética, cuando es buena, es un despojamiento de la individualidad, un manifiesto contra la autoexpresión y el afán mimético, contra la poesía confesional, amanerada. Es la poesía del hombre después del hombre.
El centro secreto El deseo de aniquilación, entonces, es una de las constantes más fuertes en una obra tan proteica como la de Borges. Todo lo impregna ese subtexto, ese descreimiento en la “mitología del yo”: su odio al gesto romántico, a la novela realista, al psicoanálisis; su amor por las novelas policiales y las películas de cowboys; su descreimiento en regímenes personalistas como el nazismo, del que vio un doble en Perón; su desinterés por lo que él llamaba “estilo”. De este modo, Borges funda de las ruinas del sujeto moderno una literatura que tiende, como prácticamente ninguna otra, a la abstracción total. Un cuento idealista y perfecto que se asienta en un argumento sólido, un lenguaje muy trabajado y que, como las fábulas de Kafka, sirve como ilustración de una teoría, y a veces también como parodia. Sin embargo, esto no quita una elaboración delicada de personajes, que son a veces simples, pero no por eso menos plásticos, menos sólidos, menos imaginables.

Borges define en pocas líneas un destino, lo mínimo indispensable. A veces nos priva de un rostro para reforzar el pensamiento de que todos los hombres pueden ser un hombre. En el instante de la muerte, en “Una rosa amarilla”, Dante, Homero y Marino son uno sólo, porque los tres alcanzan a vislumbrar algo tras el velo. Así, el que se mira al espejo se pierde porque no ve nada, porque no hay nada para ver. Borges funda así una poética de la ausencia, y por eso es enaltecido por los pensadores estructuralistas y postmodernos, que no entienden (o no quieren entender) que él no es uno de ellos.

De hecho, cuando dice, por ejemplo que “Las ruinas circulares” y “El Golem” o “El desafío” y “Hombre de la esquina rosada” son un mismo texto, está desacreditándolos. Porque para él el centro no es una forma, no es una estructura, sino una fábula, el mito original. La conquista

Borges fue, ante todo, un revolucionario. Leyó de forma despreocupada, refractaria a todo esnobismo, leyó, sobre todo, por placer. Fue un hombre de principios que defendió su gusto ante “lo decente” o lo esperable y que no se rindió ante los lineamientos de la moda o la corrección. Si estaba en lo cierto o equivocado, eso es otra cosa, pero nos legó un ejemplo de pensador independiente y absoluto que no distinguía entre una cultura “alta” y una “baja”, que se emocionaba con una milonga y con Shakespeare sin olvidar qué corresponde a cada cosa, sin mezclarlas ni confundir, y sin las afectaciones sensibleras típicas de ciertos populismos.

Reducir su obra a una fría búsqueda de la perfección técnica, o a una intelectualización excesiva del mundo no sólo es injusto: es también falso. Borges no escribe difícil, escribe sobre asuntos complejos. Y lo hace de la manera más precisa y clara que ha visto nuestra lengua. Si uno recorre con cuidado las, a menudo, cuatro o cinco páginas que ocupan sus minúsculas obras de arte, no puede sino maravillarse. Leyendo durante toda su vida del inglés, Borges logró cosas que no se sabían posibles en castellano. No sólo barrió con los tics que aquejaban a una literatura esclerosada, sino que fundó una nueva forma de escribir, una nueva forma de posicionarse frente a la tradición y conquistó para nosotros la historia del universo.


Escrito con motivo de los treinta años de la muerte de Borges
Una versión de este texto fue publicada con el título "Ecos de un nombre" en la diaria el 17 de junio de 2016
Se enlazan en ésta las referencias a publicaciones anteriores del blog
Francisco Alvez Francese FB 
Imagen: Fotograma de Invasión. Dir. Hugo Santiago (1969) sobre libro de JLB



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