11/3/17

Jorge Luis Borges: Cansinos y "Las mil y una noches"







Dos tareas encomendó la suerte a los árabes. Una fue predicar a un orbe de idólatras que no hay otros dioses que Dios o (como quiere Burton) que no hay más dios que el Dios; otra fue salvar para el Occidente el pensamiento de Aristóteles, varón profetizado, en opinión de algunos comentadores, por un versículo del eterno Corán, libro que consideran un atributo de la mente divina, anterior al idioma en que se escribió y aun al primer instante del tiempo. Una tercera misión, acaso no menos fatal y sin duda más deleitable, fue soñar y guardar para nuestros sueños el Libro de las mil y una noches, cuyo título parece contraponer a la unidad de Dios la vasta y numerosa variedad de sus criaturas. Los orientalistas opinan que esta compilación casi accidental fue redactada en Egipto durante el siglo XIII; Antoine Galland, hacia 1704, la reveló a los pueblos de Europa y hoy forma parte de la memoria general de los hombres. España, que fue alguna vez un centro famoso de la cultura arábiga, no poseía hasta el día de hoy una versión directa y literal de ese libro esencial de la gente islámica y se había resignado a traducir las incompletas traducciones de Galland o de Weil o la decorativa y licenciosa (en ambos sentidos de la palabra) paráfrasis del doctor Mardrus. Rafael Cansinos Assens nos da, por fin, el libro esperado.
El azar puede ser, entre tantas cosas, profético; en 1934 me fue dado vincular al nombre de Burton, el más ilustre de los traductores ingleses de Las mil y una noches, el de Rafael Cansinos Assens. El nexo, en aquel caso, era el don de lenguas con que los agració el Espíritu; Burton soñaba en diecisiete; Cansinos, en una curiosa figura cuyo poder está en la sugestión del espacio estelar, ha declarado que puede saludar a las estrellas en diecinueve idiomas clásicos y modernos. Cansinos, ahora, ha dado a los lectores hispánicos lo que Burton dio a los ingleses. Un examen de las “simpatías y diferencias” de ambas versiones requeriría tiempo y espacio: básteme señalar que Burton, que era un hombre de acción, cedió a la tentación literaria de un estilo barroco y de un vocabulario excesivo, en tanto que Cansinos, hombre de letras, maneja sabiamente un estilo llano. Ambos, por lo demás, reproducen los ocasionales pasajes de prosa rimada que marcan en el original cierto énfasis.
Hay libros —recordemos el Orlando furioso o la Anatomía de la melancolía del otro Burton— de cuya esencia misma es inseparable la idea de extensión; quien los recorre o los hojea debe sentir que puede perderse en su ámbito, como en un sueño o una música. Tal vez no los leeremos íntegramente, desde la primera página hasta la última, pero conviene a su peculiar sabor que sintamos, a izquierda y a derecha, la gravitación de lo desconocido y lo indefinido, como se siente, allende el horizonte visible, la presencia de la llanura. Cada página exige la continuidad de las otras y es necesario que sean muchas las maravillas y que las galerías de los sueños no tengan fin. No en vano son mil y una las noches.
Tres volúmenes de mil cuatrocientas páginas cada uno integran esta obra que acaba de publicar Aguilar. Burton y Payne dieron a sus versiones el nombre de Libro de las mil noches y una noche; Cansinos prescinde de ese ligero asombro sintáctico y su obra se titula Libro de las mil y una noches. Incluye todas las historias referidas por Shahrazad y otras de incierto origen que Antoine Galland intercaló y que hoy forman parte del canon. Algunas de estas últimas son merecidamente famosas; no sin sorpresa oímos que las historias de Aladino y de Alí Babá faltan en los manuscritos arábigos y que los textos orientales que las registran son traducciones del francés. Cansinos ha prefijado a su libro un estudio literario-crítico de las Noches, que abarca problemas tan diversos como el origen persa o indostánico de los cuentos, su parte de realidad y de irrealidad, los géneros representados y la posible interpretación esotérica del conjunto. Este prólogo, que bien podría ser otro libro, consta de más de cuatrocientas páginas. Merece atención la dedicatoria que, más allá de las conjeturales y probables fuentes foráneas, atribuye el principal honor a los árabes. Reza de esta manera:
“Al noble pueblo árabe, que dio a Las mil y una noches lo que un padre da a sus hijos: sangre, nombre y lengua. Selám!”
El arte del traductor es tenido en poco por los años que corren. No lo entendió así la Edad Media y en el siglo XIV un poeta francés pudo llamar a Chaucer gran traductor —grand translateur— sin que nadie sintiera un desnivel entre el adjetivo y el nombre o sospechara un propósito malicioso. Cansinos Assens, irónico padre del ultraísmo, poeta de secretas y profundas raíces bíblicas y maestro de una prosa feliz que siempre logra la belleza y nunca parece buscarla y cuya evolución no es menos ligera que amplia, consagra ahora sus vigilias y su fervor a esa abnegada tarea de traducir, que el desdén juzga subalterna. De este gran escritor judeo-andaluz podemos decir que una sola cosa le falta: la plena gloria literaria que tan abundantemente merece y que hasta ahora le escatima un azar hostil, pese a la resonancia que su palabra alcanza en tantos corazones y a la piedad filial que le profesamos sus antiguos discípulos.
Quienes usamos, de este o del otro lado del mar, el dilatado idioma español, debemos alegrarnos de poseer definitivamente esta delicada y rigurosa versión del libro famoso.

En diario La Nación, Buenos Aires, 10 de julio de 1960

Luego en Textos recobrados (1956-1986)
Edición al cuidado de Sara Luisa del Carril y Mercedes Rubio de Zocchi
© 2003 María Kodama
© Emecé editores Buenos Aires 2003


Véase también JLB: Las mil y una noches

Foto de Rafael Cansinos Assens cedida por su hijo Rafael Manuel
a Eduardo Montes Bradley [+] en Madrid ca.1997 durante el rodaje de Harto de Borges


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