18/10/14

Jorge Luis Borges: El Simulacro








En uno de los días de julio de 1952, el enlutado apareció en aquel pueblito del Chaco. Era alto, flaco, aindiado, con una cara inexpresiva de opa o de máscara; la gente lo trataba con deferencia, no por él sino por el que representaba o ya era. Eligió un rancho cerca del río; con la ayuda de unas vecinas armó una tabla sobre dos caballetes y encima una caja de cartón con una muñeca de pelo rubio. Además, encendieron cuatro velas en candeleros altos y pusieron flores alrededor. La gente no tardó en acudir. Viejas desesperadas, chicos atónitos, peones que se quitaban con respeto el casco de corcho, desfilaban ante la caja y repetían: «Mi sentido pésame, General». Éste, muy compungido, los recibía junto a la cabecera, las manos cruzadas sobre el vientre, como mujer encinta. Alargaba la derecha para estrechar la mano que le tendían y contestaba con entereza y resignación: «Era el destino. Se ha hecho todo lo humanamente posible.» Una alcancía de lata recibía la cuota de dos pesos y a muchos no les bastó venir una sola vez.
¿Qué suerte de hombre (me pregunto) ideó y ejecutó esa fúnebre farsa? ¿Un fanático, un triste, un alucinado o un impostor y un cínico? ¿Creía ser Perón al representar su doliente papel de viudo macabro? La historia es increíble pero ocurrió y acaso no una vez sino muchas, con distintos actores y con diferencias locales. En ella está la cifra perfecta de una época irreal y es como el reflejo de un sueño o como aquel drama en el drama, que se ve en Hamlet. El enlutado no era Perón y la muñeca rubia no era la mujer Eva Duarte, pero tampoco Perón era Perón ni Eva era Eva sino desconocidos o anónimos (cuyo nombre secreto y cuyo rostro verdadero ignoramos) que figuraron, para el crédulo amor de los arrabales, una crasa mitología.



En El Hacedor (1960)
Foto: Borges entrevistado por José García Nieto, Nov. 1950


Anotaciones de FG y PD
  • El relato tiene un sustrato histórico real. Tras la muerte de Eva Duarte, además de las pompas y la imposición del luto obligatorio, se tomaron algunas resoluciones para reforzar la lamentación compulsiva por el fallecimiento de la esposa de Perón. A tal punto se llegó, que secretario de la CGT, José Espejo, propuso que el velorio que se estaba haciendo en Buenos Aires se repitiera en cada una de las ciudades capitales de provincias. La iniciativa no prosperó por disparatada, pero dio lugar a que Borges escribiera "El simulacro".
  • Numerosos registros históricos dan cuenta de la concreción de estas "puestas en escena". La historiadora mendocina de la Universidad Nacional de Cuyo, Ana Caroglio, refiere en un estudio: "Las representaciones del velorio de Eva se repitieron a lo largo de todo el país. Las organizaciones fieles al peronismo y al orden establecido tuvieron las propias, más en sintonía con la escenografía que el Estado nacional había montado en Buenos Aires. Irene Giovarruscio, una maestra normal que ejerció la docencia en Mendoza durante aquellos años contaba que "Cuando fue la muerte de Eva el 26 de julio, en la CGT, frente a la Plaza Chile, o Italia, hicieron un velatorio simbólico, había un cajón con crespones negros y coronas y coronas de flores, y, a los maestros, nos obligaron a ir un día determinado, no me acuerdo si el que coincidía con el entierro de ella, que la trasladaron a la CGT, nos obligaron, sacaron el cajón, como si estuviera el entierro, la pusieron en una cureña del ejército y tuvimos que hacer toda una vuelta por la Plaza Independencia detrás de esa cureña, como si fuera el entierro de ella, sino que le llamaron el entierro simbólico de Eva Perón. Además de nosotros, iba mucha gente, porque en esa época, la gente era muy peronista, muy fanática. Y pienso que los empleados públicos también eran obligados”" [Fuente completa de esta nota]
  • Dice Bioy Casares en su Borges el 7 de julio de 1957: «Recordamos el luto, universalmente impuesto al país, cuando murió la mujer de Perón: todos los empleados y funcionarios públicos debieron usar corbata negra; los diarios y las revistas aparecieron enmarcados en negro ("Sur" trajo unas líneas mínimas); en las vidrieras había retratos con crespones (salvo La Boutique, de Julia Bullrich, que no puso nada) y aun bustos y altares (como la casa Comte, de Ignacio y Ricardo Pirovano quienes, a pesar de no ser santeros sino decoradores, ganaron mucha plata fabricando altares).»


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